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Angélica Alvites Baiadera, primera egresada del Posdoctorado en Estudios Latinoamericanos de la UNVM, analiza la criminalización de las migraciones y el rol de las ciencias sociales frente a los discursos que convierten a las personas migrantes en una amenaza.

¿Qué sucede cuando la movilidad humana deja de ser comprendida como una experiencia social y pasa a ser narrada como un problema? La frontera no empieza ni termina en un mapa, también se construye en las palabras, en las políticas que regulan la circulación y en los discursos que presentan a determinados grupos como una amenaza. Para la socióloga Angélica Alvites Baiadera, estudiar las migraciones supone mirar esas relaciones de poder y atender a las experiencias de quienes las atraviesan. Su investigación sobre políticas migratorias, controles fronterizos y subjetividades migrantes.

El recorrido académico de la investigadora comenzó con una investigación sobre la migración peruana en Argentina. La experiencia de las personas migrantes en un barrio de Córdoba fue el punto de partida de una línea de trabajo que luego incorporó la relación entre políticas migratorias y subjetividades.

En la entrevista, advierte sobre los cambios en la política migratoria argentina y la inquietud que generan entre organizaciones y familias migrantes los discursos que asocian migración con delincuencia, competencia laboral o presión sobre los servicios públicos. Su trabajo apunta a la producción de sentidos que criminalizan a determinadas poblaciones. Ante esas representaciones, recuerda que existe una tradición de estudios migratorios capaz de aportar registros históricos y herramientas.

Pensar las migraciones desde América Latina constituye, en ese marco, una decisión epistemológica y política. Alvites Baiadera sostiene que las categorías elaboradas en otros contextos no siempre alcanzan para explicar las particularidades de la región y considera que las ciencias sociales deben “construir conceptos desde los territorios” y “producir conocimiento situado” para comprenderlo y transformarlo.

Primera egresada del Programa de Posdoctorado en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM), asegura que “el conocimiento no se agota en los resultados individuales”, sino que “se construye en diálogo con colegas, estudiantes e instituciones”. En tiempos en que la utilidad de las ciencias sociales vuelve a ser cuestionada, su mirada reivindica la formación permanente y la universidad como espacio de intercambio crítico. Investigar, en esta perspectiva, es también aprender a mirar de nuevo aquello que una sociedad ha llegado a considerar natural.

 

-Tu trabajo aborda las miradas latinoamericanas acerca de las políticas migratorias. ¿Cuál fue el punto de partida de esta investigación?

-Tengo 43 años, soy socióloga de la Universidad Nacional de Villa María y, para la tesis de grado, empecé a trabajar sobre la migración peruana en Argentina. La tesis estuvo más centrada en las experiencias de las personas migrantes en un barrio particular de Córdoba. Después empecé a trabajar sobre la relación entre políticas migratorias y subjetividad, continuando con la investigación sobre población peruana. Actualmente soy investigadora adjunta del CONICET y trabajo sobre políticas de control en las fronteras en relación con las subjetividades migrantes. También hay una cuestión personal: mi papá es peruano, así que la migración me ha atravesado. En un momento articulé mi experiencia individual con la experiencia colectiva de investigación. Siempre se dice que uno investiga aquello que lo interpela y a partir de esa cuestión particular empecé a indagar en el campo migratorio.

-¿Qué cambios observaste en la política migratoria argentina durante estos años?

-Hubo muchos cambios. En 2004 se modificó la ley, que venía de la época de la dictadura, y vivimos casi veinte años con una política migratoria definida por esa normativa. Ahora se han realizado muchas modificaciones mediante decretos, y esto generó dificultades, miedos y complicaciones para las personas que se mueven en Argentina. Muchas organizaciones de derechos humanos y organizaciones de y para migrantes cuestionan las nuevas políticas migratorias. No porque no estemos dispuestos a discutir cómo se considera la migración en Argentina, sino por la forma en que se la está criminalizando y por las prácticas de xenofobia que afectan a la población migrante. Hay temor, entre algunas organizaciones, ante posibles persecuciones en el país. Ese temor se alimenta de discursos que asocian la migración con la delincuencia o sostienen que las personas migrantes nos quitan el trabajo o los hospitales públicos. Si uno observa las estadísticas, esos números no acompañan esas afirmaciones; sin embargo, sí existe un discurso que criminaliza a ciertas poblaciones migrantes. Eso genera preocupación.

-¿Esa preocupación aparece en el diálogo que mantenés con las comunidades migrantes?

-Sí, aparece mucho. Hay muchas organizaciones de migrantes que están preocupadas. Han tratado de interactuar con organismos y con distintos espacios del Estado en relación con esta situación, pero no hay mucha comunicación. Es algo que se vive y se siente. Como dicen, “el miedo no es tonto”. Las persecuciones y los espectáculos que se montan alrededor del control migratorio, como los controles de permanencia en algunas localidades o barrios de Buenos Aires, generan mucha alerta porque hay una criminalización de la migración. Es un discurso que preocupa y que también llega a las familias migrantes.

-¿Qué aporte está haciendo el sistema científico y universitario frente a esta situación?

-Argentina tiene una larga tradición de estudios sobre migraciones. Hay muchos colegas que investigan las políticas migratorias desde la historia, la demografía, la geografía, la sociología y la antropología. Se vienen desarrollando discusiones al respecto y existe mucha producción para debatir. Cuando empezaron a aparecer los primeros acuerdos o normativas provinciales vinculados con el arancelamiento de la salud, levantamos una alerta porque dijimos “esto ya lo vimos”. Hay registros de cómo se construye la migración como un problema social y como una práctica xenófoba. Ya vivimos situaciones en las que se justificó una política pública poniendo a los migrantes como chivos expiatorios. Esto no es una novedad para Argentina, ni para el mundo. Actualmente, gobiernos de derecha o de ultraderecha utilizan discursos contra las mujeres, los feminismos y también contra las personas migrantes. Si pensamos en Alemania o Italia, encontramos ejemplos de esa tendencia. En Argentina también ha penetrado la idea de que la culpa de que estemos mal es de los migrantes. Tenemos registros históricos y producción científica que muestran que eso no termina bien, ni para los argentinos ni para quienes llegan al país a soñar, pensar, proyectarse y crecer. Por eso lo vemos con preocupación.

-¿La manera en que se habla de lo que sucede en Europa sirve para alimentar o justificar este tipo de políticas en Argentina?

-Sí. Hay una sensación de que nos vienen a invadir. Es un discurso muy europeo, la idea de que habrá una invasión o una suplantación de la identidad blanca europea por una identidad musulmana, racializada, y un largo etcétera. Ese discurso penetra en algunos sectores de la sociedad y se quiere instalar como un problema en Argentina. Gino Germani, una figura central en la creación de la carrera de Sociología, hablaba de una categoría, muy discutida por su mirada y su enfoque, para pensar lo que había ocurrido en Argentina con la gran migración de masas, no tanto una mezcla o integración de las poblaciones migrantes, sino un recambio poblacional. Si miramos a nuestro alrededor, seguramente muchos dicen que su padre o su abuelo era italiano, escocés, irlandés o ruso. Eso se relaciona con una política de fomento, pero también con una gran migración de masas. En Argentina ya existió el discurso de que venían a invadirnos. Además, suele sostenerse que la migración anterior, italiana, blanca y europea, era buena, mientras que la actual es mala. Esa representación no es real si se la presenta de manera tan esquemática. También hubo prácticas de criminalización contra comunidades italianas y ciertos grupos españoles, a quienes se les atribuían ideas consideradas extrañas.

-¿Por qué es importante analizar estas temáticas desde una perspectiva latinoamericana?

-Tenemos un pasado colonial propio y, desde Argentina, Brasil, México y otros países, hemos construido un sistema científico que produce conocimiento desde América Latina, Sudamérica y nuestros territorios. Por la forma en que se constituyeron las disciplinas, muchas veces se trasladan hacia América Latina grandes aparatos teóricos elaborados en países europeos. Me parece que estamos en un momento en el que podemos construir nuestras propias categorías y formas específicas de mirar el mundo, sin desprendernos del hecho de que formamos parte de un sistema mundial. No es casual que algunos discursos que escuchamos en los medios sobre lo que sucede en Ceuta, México o Estados Unidos tengan conexiones con Argentina, Chile o Brasil. Pero también es importante construir categorías propias para entendernos, pensarnos y transformar aquello que consideramos injusto o que está mal.

-¿Cómo ves la valoración de las ciencias sociales en la actualidad?

-Es difícil. Las ciencias sociales han sido muy cuestionadas en términos de qué producen, para qué sirven y cuál es su utilidad. Sin embargo, muchas de las formas en que entendemos hoy el mundo, la migración y a quienes no son argentinos provienen de sus aportes. Las ciencias sociales nos ayudan a preguntarnos cómo construimos esas categorías y cómo debemos pensarlas. Son tiempos difíciles para las ciencias sociales y, en particular, para la sociología, una carrera que siempre fue considerada disruptiva. A veces, la disrupción o la crítica molestan a ciertos sectores de la sociedad. En algunas universidades de la región, aunque no en Argentina, se han quitado módulos vinculados con la sociología porque resulta incómoda. Creo que las ciencias sociales, y la sociología en particular, molestan porque describen fenómenos que están ocurriendo y señalan que hay algo que no funciona. Ponen el foco ahí. Hay sectores que no quieren mirar lo que está mal porque esa situación genera beneficios para algunos.

-La formación permanente también aparece como una dimensión importante de tu trabajo. ¿Qué valor tiene seguir formándose e intercambiar conocimientos en la universidad?

-Antes, los maestros y profesores de uno solían doctorarse mucho tiempo después de haber terminado la carrera. Hoy eso se ha invertido un poco. Para acceder a ciertos cargos en la universidad o ingresar al CONICET, uno necesita tener un doctorado. En mi caso, llegué al doctorado a los 39 años y me quedan por lo menos veinte años de carrera por delante. Por eso necesito interactuar con otros. Por ejemplo, hice un posdoctorado en la Universidad Nacional de Villa María. Se trata de construir conocimiento con otros, porque no es que ya tenga resuelto mi campo ni mi forma de entender el mundo: necesito interactuar y seguir formándome. Quizás en otros tiempos el doctorado era como el último paso, el moño de la carrera. Hoy uno llega joven a esa instancia. Hay colegas de 31 o 32 años que van a ser doctores y que tendrán, por lo menos, treinta años de carrera por delante. No podemos quedarnos con esa base para entender el mundo durante tres décadas. Además, como el mundo cambia, es imposible no seguir formándose.

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